A partir de la nota que ayer fue publicada en algunos diarios es posible que Ud. sepa, como vecino de Buenos Aires, que el gobierno de la ciudad está dispuesto a hacerle cumplir el horario estipulado para que saque sus bolsas de residuos a la calle, es decir entre las 20:00 y 21:00 horas. Si así no fuera, sea porque lo hizo antes o después de hora, probablemente se encuentre con una faja roja cruzada sobre su puerta con la leyenda “Infractor”, amén de que en pocos días reciba una multa de $ 50.- a $ 500.- por “disponer los residuos fuera de hora”. Según el titular de la Dirección General de Inspección de Higiene Urbana, la basura “habla”, razón por la cual los cuarenta y cinco inspectores a su cargo pueden “revisar” nuestros desechos en busca de “alguna prueba incriminatoria” que revele la falta y, en consecuencia, labrar un acta de infracción a la vez de “escracharnos” con la temible faja que nos haga sufrir el escarnio público.
La desagradable e ingrata tarea de eliminar los residuos domésticos, los hay también comerciales e industriales pero no es éste el tema que voy a tratar, ha sido siempre motivo de conflicto porque nadie quiere hacerse cargo de ellos. A menos que viva Ud. solo, pregúntese qué miembro de la pareja, matrimonio o grupo familiar, realiza la extracción de la bolsa de residuos con voluntad y optimismo. Que yo sepa, justo es decirlo, no existe entusiasmo alguno para tan indecorosa obligación, por lo que es común que pasadas las 21:00 horas la bolsa permanezca impasible mientras aguarda que “alguien” –ni siquiera el perro- la acompañe hasta su destino final, la calle. Una vez allí, y a la espera del “señor del camión”, el inmundo contenedor de nuestros cotidianos desperdicios será objeto de los peores ultrajes por parte de quienes, explotados por los mercaderes del reciclado, hurguen en procura de plásticos y otras yerbas dejando las demás exquisiteces desparramadas para nuestro particular deleite.
Ahora bien, ¿qué es esto de que “la basura habla”? se preguntará Ud., porque muy difícilmente ese frasco vacío de aceitunas griegas parodie a Demóstenes o el carozo de durazno con el que casi nos atragantamos se ponga a cantar aquel clásico del flaco Spinetta. Descartada la posibilidad, tome Ud. conciencia de que el cuerpo de inspectores está facultado a revisar las bolsas en busca de “un sobre, un resumen de cuenta, una factura, una hoja con algún dato comprometedor…” que le sindique como autor de la impuntual extracción. Y ahí, es preciso advertirlo, no habrá excusa que valga porque la culpabilidad, a juicio de los funcionarios del gobierno, queda demostrada con la evidencia. Por supuesto que ante la prueba se acabó el artero efugio de colocar la bolsa de residuos en la vereda del vecino de al lado y, mucho menos, excusarnos bajo el alegato del “yo no fui, la sacó el portero”, o cualquier otra piolada que Ud. esgrima para zafar de felón.
Se sabe que durante la gestión de Jorge Telerman, un proyecto de su iniciativa fue rechazado por la Legislatura porque pretendía multar al frentista que tuviera residuos en su vereda, no importaba si eran propios o ajenos; por el contrario se recomendó, entonces, apelar al procedimiento de sorprender “in fraganti” al culpable, fotografiándolo en el preciso instante de la contravención. Como en la práctica no prosperó, ya en plena gestión de Mauricio Macri fue resuelto este método de la “prueba documental”, quizás por encontrarlo mucho más eficaz para hacer cumplir lo dispuesto. Habrá que ver, claro, si esta suerte de “colectores forenses” da abasto para cumplir con su objetivo en esta inmensa metrópoli donde cada quien hace lo que se le antoja, comenzando por los funcionarios de gobierno y las empresas que contratan. Y a las pruebas me remito porque el cesto callejero contenedor donde habitualmente se arrojan los papeles, instalado en la vereda del frente de nuestra casa, lleva más de una semana repleto con latas y envases de gaseosas que bien pueden saciar las necesidades de toda una colonia de bacterias mientras el reclamo efectuado por Leah aún duerme en algún despacho.
Así las cosas, Ud. tiene sendas alternativas: o dispone los residuos en el horario estipulado -no importa si éstos acaban desperdigados por la vereda, cumpla la norma y evitará el oprobio y el correctivo numerario-, o destruya, incinere o cómase toda documentación que por arrojar a la basura pueda comprometer su identidad, ya que solo así podrá transgredir la obligación sin percance alguno. Eso mientras tanto los inspectores no se especialicen en prácticas forenses más complejas y retorcidas que, al tipo de CSI Miami, permitan determinar que esa manzana, si ésa, fue mordida por Ud. o por otro miembro de la familia al quien le falta el incisivo superior central izquierdo. Ahora bien, si a pesar de todo lo expuesto Ud., como Hang Tucker, opta por dar el ejemplo del buen vecino, no desespere; aún puede gastar algunas horas de vigilia, agazapado detrás de su puerta con algún escribano amigo, para tomar venganza y demostrar fehacientemente que las compañías de recolección tampoco cumplen con el horario estipulado, razón de más para suponer que en Buenos Aires solo “jugamos limpio” los giles.

